La tecnología de inteligencia artificial ha transformado significativamente la educación superior en Estados Unidos, presentando desafíos únicos para los profesores que deben adaptarse a este nuevo panorama. Mark Massaro, un experimentado profesor de Composición Inglesa en el Florida Southwestern State College, ha sentido de cerca el impacto de las herramientas de IA como ChatGPT en su labor diaria. Desde que estas aplicaciones se hicieron de uso libre, ha observado un aumento en el uso de IA por parte de los estudiantes para redactar ensayos, lo que ha complicado su tarea de evaluar el trabajo genuino de sus alumnos.
Massaro ha notado que, en sus clases, no es raro que al menos cinco de sus 25 estudiantes presenten trabajos que parecen haber sido generados por inteligencia artificial. Inicialmente, solía utilizar escáneres de IA para detectar este tipo de fraude académico. Sin embargo, la política de la escuela ahora prohíbe subir trabajos de estudiantes a estas aplicaciones por cuestiones de privacidad, y además, la fiabilidad de estos detectores ha demostrado ser cuestionable.
Ante esta situación, Massaro ha desarrollado un enfoque personal para identificar trabajos potencialmente generados por IA. Ha creado una lista de señales que le ayudan a detectar cuándo un ensayo podría no ser original. Una de las pistas más claras es el uso excesivo de guiones largos en los textos, un rasgo característico de los escritos generados por ChatGPT. Massaro ha implementado una prueba sencilla: pedir a los estudiantes que demuestren cómo escribieron esos guiones en el ordenador. El desconcierto de los estudiantes al enfrentarse a esta tarea suele delatar el uso de IA.
Otra característica común de los ensayos generados por inteligencia artificial es la falta de sangrías al inicio de los párrafos, lo cual contrasta con el formato convencional de los ensayos universitarios. Los textos aparecen como bloques grandes de texto, sin las divisiones esperadas, lo que sugiere que han sido copiados y pegados desde un chatbot.
Massaro también presta atención a la perfección gramatical combinada con contenido superficial. Aunque algunos estudiantes pueden escribir con corrección, la uniformidad en la longitud de las oraciones y párrafos, junto con un tono demasiado formal, son indicios de escritura artificial. Asimismo, la ausencia de un historial de borradores o la falta de participación en el proceso de redacción en clase son señales de alarma para Massaro.
La escritura impersonal es otro factor a considerar. En ejercicios de reflexión personal, los estudiantes que realmente han redactado su trabajo suelen incluir detalles específicos de sus experiencias. Por el contrario, los textos generados por IA tienden a ser vagos y abstractos.
En algunos casos, los estudiantes han sido tan descuidados que han dejado instrucciones de los prompts utilizados en el chatbot dentro del texto final. Además, las “alucinaciones” de las IA, que producen citas y datos falsos, añaden más trabajo al profesor, quien debe verificar la autenticidad de las referencias citadas en los trabajos.
A pesar de lo incómodo que puede ser enfrentar a un estudiante sobre el uso de IA, Massaro comenta que suelen admitir su falta o simplemente no responden a sus correos, especialmente los estudiantes que asisten de manera remota. Por otro lado, aquellos que son inocentes suelen defender su trabajo con vehemencia.
Massaro lamenta que el auge de la escritura asistida por IA esté privando a los estudiantes de la oportunidad de desarrollar su propia voz intelectual y creativa. En un momento crucial para su crecimiento académico, muchos estudiantes están dejando que las máquinas hablen y piensen por ellos, lo cual representa una pérdida significativa en su formación personal y profesional.